Origen e Historia del automóvil

La palabra “automóvil” significa “que se mueve por sí mismo”». Al principio en ciertos lugares se le llamó “carromato móvil” porque hasta aquel momento circulaban por los ca­minos solamente carros y carrozas arrastra­dos por animales.

Historia del automóvil

Al principio se construyeron vehículos con motor a vapor (el primero fue el famoso “Fardier” de Cugnot, construido en Francia el 1769) pero no tuvieron éxito, ya que eran de­masiado pesados debido a que necesitaban una sólida caldera llena de agua y con mucho carbón.

Hace más de cien años, comenzó a difundirse un nuevo tipo de motor, el de explosión. En el motor de explosión, que funciona en cua­tro tiempos, una mezcla explosiva (de gas o vapores de gasolina y aire) es encendida me­diante una chispa eléctrica; la expansión em­puja un pistón que va arriba y abajo. A cada expansión corresponden los mismos movi­mientos de los pistones, con lo que, el coche camina.

El motor de explosión fue inventado por dos italianos Barsanti v Matteucci; más tarde la idea fue adoptada y perfeccionada por fran­ceses, alemanes y austríacos.

Un motor tan ligero y práctico resolvía la idea de mover un vehículo por un camino y así fueron muchos los que se afanaron en construir un vehículo automóvil.

El alemán Daimler. por ejemplo trabajaba en secreto en su laboratorio; sus vecinos creían que allí dentro se fabricaba moneda falsa y avisaron a la policía y Daimler pasó un mal rato al intentar explicar qué es lo que quería cons­truir.

Otro mecánico alemán, Carl Benz, construyó un automóvil de tres ruedas en un cobertizo de su jardín. Después, encorajinado, puso en marcha el motor para salir a la calle… y se llevó por delante una columna que sostenía la verja.

La esposa y los hijos de Benz, un día muy de mañana, subieron al vehículo y par­tieron dejando al inventor, que dormía plá­cidamente, una nota que decía: “Nos vamos para demostrar que tu automóvil es apropia­do para viajes largos”.

La empresa salió bien, aunque durante el ca­mino tuvieron que efectuar ciertas reparacio­nes mecánicas sirviéndose de la aguja del som­brero de la señora Benz.

No resultó fácil al principio la vida para los primeros constructores y arriesgados conduc­tores de estos vehículos: una ley inglesa pres­cribía que cada vehículo debía ir precedido por un hombre… a pie que ondeara una ban­dera roja en señal de peligro.

En la actualidad circulan en el mundo unos 300 millones de automóviles, construyéndose anualmente entre 40 y 45 millones. Son, en su mayoría coches de turismo, es decir des­tinados al tráfico normal por carretera.

Los automóviles ofrecen trabajo a gran nú­mero de personas: los que los fabrican, los que proporcionan accesorios, los empleados en garajes, los distribuidores de gasolina, me­cánicos, conductores, los empleados de neumáticos, personal de las autopistas y muchos más.

La circulación de tanto automóvil, sin em­bargo, crea también una serie de inconvenien­tes: envenenan la atmósfera con los gases de la combustión (razón por la cual se proyectan en la actualidad vehículos eléctricos destina­dos al tráfico urbano) y originan accidentes.

El primer accidente de tráfico ocurrió por culpa de la cortesía: el marqués de Montagnac adelantó al señor Monturiol, más tarde volvió su cabeza para pedirle excusas, sacán­dose el sombrero… y se salió del camino.

En la actualidad la mayor parte de los accidentes ocurren por exceso de velocidad, impruden­cia y descortesía de muchos automovilistas. Quien quiera correr a grandes velocidades puede hacerlo en lugares adecuados construi­dos para carreras automovilísticas; los autó­dromos.

En éstas participan únicamente pi­lotos expertos, entrenados y muy preparados, sobre vehículos especialmente construidos por casas famosas: Ferrari, Ford, Porsche, Lotus, Lamorghini…

Los coches de competición pueden ser de ca­rreras, con una plaza, o de tipo deportivo, con dos plazas. Las pistas más famosas son las de Monza, donde se corre el gran premio de Italia, el de Reims (Gran Premio de Francia) y el de Montjuich, en Barcelona (Gran Pre­mio de España) entre otras.

Para los coches de carreras el circuito europeo más duro ha sido siempre el de Monaco, en las carreteras de ese Principado, llenas de curvas y de tra­mos estrechos; un piloto en los 314 kilóme­tros de la carrera da cien vueltas sobre el mis­mo recorrido y debe realizar dos mil cambios de marcha.

En España hay que mencionar el circuito de Cataluña, donde cada año se ce­lebran variadas e importantes pruebas inter­nacionales.

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