Historia del avión

La historia del avión es mucho más extensa de lo que puedas pensar. El hombre ha perseguido, ya desde los tiempos más antiguos, el sueño de una máquina que le permitiese volar.

Leyendas antiguas hablan de hombres que querían imitar a los pájaros, construyéndose alas: el ejemplo más famoso es el de Ícaro, que cayó porque el sol le fundió la cera con la que había fijado las alas a su cuerpo.

Historia del aviónTentativas del mismo género se sucedie­ron en el curso de los siglos. Leonardo de Vinci estudió el problema, y nos dejó numerosos proyectos, entre los que se en­cuentran máquinas con alas batientes, heli­cópteros, paracaídas y aviones con alas de murciélago; pero los materiales disponibles en aquella época no eran suficientes para realizar dichos proyectos.

En 1742 el viejo marqués de Bacqueville, agarrado a dos alas construidas por él con­siguió atravesar, lanzándose desde lo alto, el río de París, el Sena. Se rompió una pierna, pero, por lo que se dice, se quedó igual de contento.

Todas aquellas tentativas, como sea, tenían su origen en el supuesto erróneo de que el hombre, con su sola fuerza muscu­lar, podía conseguir elevarse del suelo y permanecer en el aire.

Como demostró la experiencia, se requería una fuente de energía mucho mayor. Las primeras tenta­tivas serias, en ese sentido, se llevaron a cabo a principios del siglo XIX, con el in­vento de la máquina de vapor.

En 1824 el inglés William Henson patentó un “vehículo aéreo de vapor” con una abertura de alas de casi siete metros: el defecto era que el motor de vapor que debía mover el enorme aeroplano era de­masiado débil.

En 1890 el francés Clement Ader construyó un avión con alas de murciélago regulables, provisto de un mo­tor de vapor de dos cilindros: pero las experiencias demostraron que no podía vo­lar.

Cuatro años más tarde, en 1892 lo volvió a in­tentar el inglés Hiram Maxim, inventor de la ametralladora; construyó un avión gigantesco y le aplicó una pesadísima má­quina de vapor, pero apenas alzó el vuelo el piloto se dio cuenta de que no conse­guía dominarla. Apagó por tanto la calde­ra y descendió.

Los que por primera vez lograron hacer volar una máquina más pesada que el aire fueron dos americanos, los hermanos Orville y Wilbur Wright.

Los dos inven­tores empezaron a estudiar el problema en 1899, y sirviéndose de todas las expe­riencias realizadas antes que ellos consi­guieron construir, cuatro años después, un avión más bien rudimentario, pero que tenía, al menos en apariencia, todas las condiciones para finalmente poder volar.

Se trataba de un biplano (es decir de un avión con dos alas superpuestas) que pesaba en total 338 kilos. El motor era ligero, y funcionaba con gasolina. El 17 de di­ciembre de 1903 el avión, guiado por Orville, que estaba recostado en el plano inferior de las alas, se levantó a tres me­tros de tierra y voló unos treinta metros. Desde aquel día en adelante, los progresos en el campo aeronáutico se sucedieron a ritmo cada vez más creciente.

En julio de 1908 el americano Glen Curtiss voló durante dos kilómetros. En octubre del mismo año el francés Henri Farman recorrió en su avión 40 kilómetros. El 25 de julio del año siguiente, en 1909 su com­patriota Louis Blériot atravesó por prime­ra vez el canal de la Mancha, que separa Francia de Inglaterra.

Al mes siguiente, en la ciudad francesa de Reims, hubo una reunión de los me­jores pilotos, con un total de 38 aviones. Fueron batidas diversas marcas: Farman voló 189 kilómetros; otro piloto batió el record de altura, que era de 166 metros; otros dos pulverizaron todos los récords precedentes de velocidad llegando al fan­tástico tope de 77 kilómetros por hora.

Se inició la construcción de los aviones de forma industrial, y se empezó a pensar en su utilización en la guerra. El primer país que lo hizo fue Italia, en 1911, durante la guerra con Turquía, enviando seis aviones lanza granadas allende las líneas enemigas.

Los pioneros de la aviación, en el trans­curso de pocos años, llevaron a cabo em­presas que para aquellos tiempos eran ma­ravillosas. En 1913 Roland Garros atravesó el Mediterráneo, de Francia a Túnez; el mismo año Maurice Prévost rayó los 200 ki­lómetros por hora.

Llegó la primera Guerra Mundial, y se combatió duramente no sólo por tierra y por mar, sino también en el cielo. En 1917 los primeros grandes bombarderos alemanes atacaron Londres; al año si­guiente hubo el primer ataque aéreo ma­sivo, llevado a cabo por los aliados con 1.500 aviones.

El mismo año se inició, en los Estados Unidos, el primer servicio aéreopostal del mundo, y en 1919 una compañía aérea alemana inauguró el pri­mer servicio regular para el transporte de pasajeros.

Los aviones ya estaban capaci­tados para realizar viajes larguísimos: en el mismo 1919 el inglés Ross Smith voló, en 28 días, de Inglaterra a Australia. Al año siguiente los italianos Ferrarin y Masiero vuelan desde Roma a Tokio.

En 1927 se hace el primer vuelo sin escala de Nueva York a París, realizado por el solitario Charles Lindbergh. Un año des­pués voló el primer avión a reacción del mundo,      el alemán He-178.

Llega la segunda Guerra Mundial, y el avión demuestra ser uno de los más mor­tíferos instrumentos jamás inventado por el hombre: basta pensar en la bomba ató­mica lanzada desde un bombardero norte­americano sobre la ciudad japonesa de Hi­roshima. Aquella incursión provocó casi 200.000 muertos.

Con el invento del motor a reacción, nace una nueva generación de aviones. En 1948 el avión a reacción inglés DH-108 supera por primera vez la llamada “barrera del sonido”, es decir la velocidad con que el sonido se propaga en el aire: más allá de 1.200 kilómetros por hora.

En 1952 entra en servició el primer avión a reac­ción civil, el inglés Comet. Los transpor­tes aéreos, en poquísimos años, se han di­fundido de tal manera que ahora es nece­sario regular severamente el tráfico aéreo, tal como se hace con el tráfico por carretera.

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